El gran libro
del Hombre-máquina ha sido escrito simultáneamente sobre dos registros: el
anatomo-metafísico, del que Descartes había compuesto las primeras páginas y
que los médicos y los filósofos continuaron, y el técnico-político, que estuvo
constituido por todo un conjunto de reglamentos militares, escolares,
hospitalarios, y por procedimientos empíricos y reflexivos para controlar o
corregir las operaciones del cuerpo. Dos registros muy distintos ya que se
trataba aquí de sumisión y de utilización, allá de funcionamiento y de
explicación: cuerpo útil, cuerpo
inteligible. Y, sin embargo, del uno al otro, puntos de cruce. L'Homme-machine de La Mettrie es a la
vez una reducción materialista del alma y una teoría general de la educación,
en el centro de las cuales domina la noción de "docilidad" que une al
cuerpo analizable el cuerpo manipulable. Es dócil un
cuerpo que puede ser sometido, que puede ser utilizado, que puede ser trasformado
y perfeccionado.
(Foucault, Michel “Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión”.- 1975, Gallimard 1a, ed.-Buenos Aires : Siglo XXI Editores Argentina, 2002)
Los últimos dos
años de mi vida mis trayectos principales son los siguientes: casa – colegio de
mi hija – oficina – colegio- casa – colegio – casa.
Casualmente,
para hacer este trayecto -a pesar de hacer el ejercicio de cambiar la ruta y
los caminos al propósito para variar las posibilidades de paisaje urbano y
humano- paso “Si o si”, o por la escuela militar, o los bloques militaros, o la
unidad educativa del ejército, o la EMI, o el cuartel y me topo en el trufi y
en la calle con los uniformados alumnos y docentes de esta institución y espero
con esperanza que ojalá mi wawa no elija ser parte de esta institución ni
alguna similar. Me interpelo entonces como mamá y reviso mentalmente las
elecciones realizadas hasta el momento y claro, no es muy alentador el
panorama, porque siempre termino haciendo la analogía de la institución militar
y el colegio al que asiste mi hija en el cual l@s alumn@s tienen que ir siempre
uniformados y llegar antes de que suene la campana, de lo contrario la señora
que “vigila” la puerta l@s manda a hacer una larga fila donde otra señora que anota
en una lista el “retraso” retrasando aún más el ingreso a su jaula, perdón aula.
Se me revuelve el estómago cuando me entero que con mucho orgullo han instalado
dentro del colegio 6 cámaras de seguridad!!!! y al parecer soy a la única mamá
que le “choca” esta medida.
A la salida
espero en vano que mi hija salga pronto para estar lejos de ese régimen, porque
la profesora no los deja salir hasta que no terminen de copiar la pizarra escrita
“de punta a canto”. La primera semana de clases era un extracto del cuento de
Pinocho, que narraba que a los niños que juegan, son traviesos y hacen bulla
les salen orejas de burro.
Me frustro aún
más cuando mientras espero (los adultos tenemos prohibido el ingreso al colegio)
veo a la profesora atravesando la puerta de salida y al preguntarle por mi hija
me dice: “no ha terminado de copiar así que sigue en curso” y se aleja dejándome
con la palabra en la boca cuando intento preguntarle más.
Muchos minutos
después sale mi hija con una sonrisa, a pesar de la mañana que debe haber tenido,
y nos vamos, yo sintiéndome impotente, engañada y masticando la bronca por la
falta de opciones en esta ciudad y por mi falta de coraje para tomar acción.
Nos apuramos porque en la tarde hay que volver al colegio antes de que toque la
campana….
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