viernes, 12 de mayo de 2017

Institución escolar



El gran libro del Hombre-máquina ha sido escrito simultáneamente sobre dos registros: el anatomo-metafísico, del que Descartes había compuesto las primeras páginas y que los médicos y los filósofos continuaron, y el técnico-político, que estuvo constituido por todo un conjunto de reglamentos militares, escolares, hospitalarios, y por procedimientos empíricos y reflexivos para controlar o corregir las operaciones del cuerpo. Dos registros muy distintos ya que se trataba aquí de sumisión y de utilización, allá de funcionamiento y de explicación: cuerpo útil, cuerpo inteligible. Y, sin embargo, del uno al otro, puntos de cruce. L'Homme-machine de La Mettrie es a la vez una reducción materialista del alma y una teoría general de la educación, en el centro de las cuales domina la noción de "docilidad" que une al cuerpo analizable el cuerpo manipulable. Es dócil un cuerpo que puede ser sometido, que puede ser utilizado, que puede ser trasformado y perfeccionado.  

 (Foucault, Michel “Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión”.- 1975, Gallimard 1a, ed.-Buenos Aires : Siglo XXI Editores Argentina, 2002)



Los últimos dos años de mi vida mis trayectos principales son los siguientes: casa – colegio de mi hija – oficina – colegio- casa – colegio – casa.

Casualmente, para hacer este trayecto -a pesar de hacer el ejercicio de cambiar la ruta y los caminos al propósito para variar las posibilidades de paisaje urbano y humano- paso “Si o si”, o por la escuela militar, o los bloques militaros, o la unidad educativa del ejército, o la EMI, o el cuartel y me topo en el trufi y en la calle con los uniformados alumnos y docentes de esta institución y espero con esperanza que ojalá mi wawa no elija ser parte de esta institución ni alguna similar. Me interpelo entonces como mamá y reviso mentalmente las elecciones realizadas hasta el momento y claro, no es muy alentador el panorama, porque siempre termino haciendo la analogía de la institución militar y el colegio al que asiste mi hija en el cual l@s alumn@s tienen que ir siempre uniformados y llegar antes de que suene la campana, de lo contrario la señora que “vigila” la puerta l@s manda a hacer una larga fila donde otra señora que anota en una lista el “retraso” retrasando aún más el ingreso a su jaula, perdón aula. Se me revuelve el estómago cuando me entero que con mucho orgullo han instalado dentro del colegio 6 cámaras de seguridad!!!! y al parecer soy a la única mamá que le “choca” esta medida.

A la salida espero en vano que mi hija salga pronto para estar lejos de ese régimen, porque la profesora no los deja salir hasta que no terminen de copiar la pizarra escrita “de punta a canto”. La primera semana de clases era un extracto del cuento de Pinocho, que narraba que a los niños que juegan, son traviesos y hacen bulla les salen orejas de burro.

Me frustro aún más cuando mientras espero (los adultos tenemos prohibido el ingreso al colegio) veo a la profesora atravesando la puerta de salida y al preguntarle por mi hija me dice: “no ha terminado de copiar así que sigue en curso” y se aleja dejándome con la palabra en la boca cuando intento preguntarle más.

Muchos minutos después sale mi hija con una sonrisa, a pesar de la mañana que debe haber tenido, y nos vamos, yo sintiéndome impotente, engañada y masticando la bronca por la falta de opciones en esta ciudad y por mi falta de coraje para tomar acción. Nos apuramos porque en la tarde hay que volver al colegio antes de que toque la campana….

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